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FESTEJOS TAURINOS POPULARES EN HONOR A SAN MARCOS - Toros y Vacas Ensogadas



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DIAS QUE FALTAN PARA SAN MARCOS

- Días que faltan para las Fiestas de San Marcos en Beas de Segura:

jueves, 15 de abril de 2010

4. NOCHE DE FIESTA

En este texto el amigo Salustiano, nos narra el pasar de las horas de una Tarde del día 24 tocando ya a su fin y dándole paso al día 25, viendo el devenir de la gente de una lado a otro mientras pasan las horas y se acerca la hora en que la gente marcha a las puertas del ayuntamiento para comenzar junto a la banda de música la esperada diana que abre una nueva etapa en la mañana del día del Santo Apóstol.

Para mi el intervalo del 24 al 25 es algo especial, y al leer estas palabras mi mente a fantaseado con una noche del año 1978 del 24 al 25 de abril, donde mi padre esperaba ansiosamente que yo apareciera (y no me refiero a que me esperaba despierto esperando para echarme la bronca por no acostarme en toda la noche) sino a que surgiera una nueva vida (la mía) en el hogar familiar, ya que mi madre dio a luz esa misma madrugada y como antes aun se estilaba lo de la comadrona, yo tengo el privilegio de haber nacido en casa de mis padres, mientras se escuchaba de fondo, el alboroto y los cánticos de lo mozos/as que acompañaban a la banda de música por las calles a la hora de la Diana. Y es que no puedo dejar de imaginarme las caras de felicidad que habría en mi casa natal en ese día tan señalado, por mi nacimiento y por las fechas de la festividad mayor de Beas de Segura.

Pero en este articulo cualquiera puede verse reflejado, ¿Por qué quien no ha vivido alguna vez esa noche esperando el inicio de la Diana para recorrer las calles de bote en bote?


NOCHE DE FIESTA


Por Salustiano Cano Cuadros


Tarde que declina de un nuevo 24 de abril. Mozos reclinados por doquier en busca de descanso. De un descanso bien ganado, tras constante devaneo en su juego peligroso con la rés.

El ruido ensordecedor de hace tan solo momentos, producto de la emoción o de alguna escena jocosa, de las que tan profundamente se repiten a lo largo de la tarde ha cesado como por encanto.

Balcones e improvisadas graderías, rebosantes de bellas femeninas, van quedando paulatinamente desiertas; desapareciendo con ello el paisaje colorista que se brinda a las miradas observadoras y curiosas de los que viven la fiesta más de cerca en el foco mismo del espectáculo.

Madres instando a sus pequeños a seguirlas prontamente hacia sus lares: porque la noche que se acerca es corta y es preciso aprovechar, al máximo, el efímero espacio de tiempo con que cuentan para dar el sosiego necesario a sus cansados cuerpos que les permita afrontar con éxito los miles motivos de fatiga que tendrán que soportar al día siguiente.

Pero todo esto que se observa es engañoso. No denota que la fiesta haya acabado. Es tan sólo como el alma de, un rescoldo, cubierto de ceniza, que el impulso de la brisa más ligera, despierta con redoblado ímpetu, dispuesto a propagar el fuego que en sí encierra.

De pronto, parece que las fuerzas, aparentemente algo apagadas, vuelven a encerrarse en los cuerpos de las gentes y de nuevo renace el afán de divertirse.

Coros bullangueros deambulan por las calles entonando sin cesar la típica sonata “Viva la fiesta de San Marcos que nadie puede quitar…”

Los bares, símbolo y esencia de toda la fiesta, llenos a rebosar sirven para apagar el fuego que desprende las gargantas resecas, al tiempo que avivan los ánimos de quienes hace poco sentían la fatiga y la tibieza.

En derredor de quien observa todo con caras alegres.

Abrazo de saludo entre quienes ya hace tiempo que están lejos. Vítores constantes al santo Apóstol, torero por derecho y condición del sentir tradicional, que no por vocación. Ruidos en la calle producidos por petardos y cohetes, que no cesan de bramar. Bullicio, cantos, risas, alegría desbordada. Todo ello emana de la euforia que transmite constante y pródiga ingestión de alcohol, que, sin tregua, se sucede.

Así van transcurriendo las horas de la noche, que como madre amorosa, lleva entre la toca a su retoño, el día.

Y por fin llega, como digno colofón de una noche inolvidable, lo más pintoresco de la fiesta: LA DIANA.

En la plaza principal, frente al Ayuntamiento, comienzan a reunirse las peñas de los mozos y los que no lo son tanto, dispuestos para hacer el recorrido por las calles del pueblo acompañando a la banda musical, con el fin de dar aviso a los vecinos que escogieron el fugaz descanso, que está pronta la hora del comienzo del festejo.

Cientos, miles de personas rodean a la banda. Presta a iniciar el paseíllo, que llevará en sus notas la alegría a los que duermen proporcionándoles, así un brusco pero agradable despertar.

Suena los primeros acordes de la banda, y la masa humana se pone en movimiento en perfecta compenetración. Salta y corean al unísono, la marcha interpretada por los músicos, formando un potentísimo orfeón que rompe con estrépito, el silencio y la quietud de la noche en que están sumidos los barrios alejados. Van delante del cortejo, improvisados directores de orquesta, blandiendo como batuta las varillas requemadas del cohete que explotó.

La calle por donde discurre la estruendosa comitiva es como un río de abundante caudal humano, que no cesa de crecer alimentando por la continua aparición de nuevas gentes que provienen de callejas afluentes.

Así prosigue la comparsa, cada vez más numerosa, que termina en multitud, que inunda nuevamente la plaza de donde partió.

Termina aquí la nocturna algarada, para dar comienzo, o mejor, para dar paso a otra que aún será más resonante: las de largo y movido día de San Marcos.

La aurora, preludio del naciente día, empieza a percibirse, y la luz, desperezándose, va disipando la negrura de la noche.

Rostros demacrados delatan la fatiga consiguiente de una noche sin descanso. Pero pronto se reponen las fuerzas decaídas con la mágica receta de estos días: suculentas chuletas de cordero, regadas con largueza, con el plácido jugo de la vid.

Con tal alivio y otros muchos repetidos a lo largo de la fiesta, se logra lo que a penas se concibe: soportar, aguantar, con energía, el continuo correr de la jornada, la inmensa emoción de todo el día.

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